Te he visto mesarte las barbas (y perdóname el tuteo) pensando lo que habría de decir de tu llegada a la venta. Hoy vemos qué es lo nos pasa cada día en el mundo a los andantes: el no ser entendidos por las mujeres que están cautivas de sus cálculos mundanos. Nunca entenderán a quien como tú las trata según su esencia femenina: la de ser princesas que aguardan caballeros, ya que son tan difíciles de hallar tanto las unas como los otros.
Mas al cabo, las suaves palabras por lo menos las amigan, ya que la admiración requiere una condición filosófica. Baste entonces vuestra alma para darles lo que negarían los ojos de la experiencia. Por lo demás las que sí pudieran tener tal condición están cautivas de gigantes y vestiglos que deben ser debelados.
En fin viendo en tu alma cabales princesas o damas rompísteis a hablar con la retórica que les era consonante y que pasó sobre ellas como el viento, hábiles solamente para cosas de lo inmediato. Así te ofrecieron aquellas truchuelas y es aquí donde te vuelve a agraviar el autor mostrando la crudeza de la realidad que tú no podías ni debías ver: que las mujeres eran rameras, el que tocaba el cuerno un castrador de puercos y el ventero un castellano honorable. En realidad tú no ves los accidentes sino la sustancia: eran personas ante todo y ya, aunque aún no habías sido armado caballero, les diste la libertad por tu alma libre y verdadera.
¿No te llamó acaso Don Miguel de Unamuno (corrigiendo la injusticia) el CRISTO ESPAÑOL?
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