Llegaron los azotes que Sancho merecía por desconocer la belleza de tu dama, menospreciándola por Dorotea, la presunta princesa Micomicona y fue verdadero aquello de que Dulcinea es el fundamento de vuestro valor y que en un caballero legítimo como vos nada hay de acomodaticio ya que se mide por la verdad y no por el mundo. De burlas que parecían se transformaron en veras. Estas palabras ya son lo que el descabezamiento de los Pandahilando de la Fosca vista que no ven más que lo inmediato de sus cálculos: ELLA PELEA EN MÍ Y VENCE EN MÍ Y YO VIVO Y RESPIRO EN ELLA Y TENGO VIDA Y SER.
Esta es verdadera condición humana que brinda enseñanza humana: en primer lugar a vuestros burladores. La disculpa que a Sancho ofrecisteis luego del justo apaleo (los primeros movimientos no son en mano de los hombres) con el “perdóname el enojo que te he dado” son fáciles de interpretar como cristianos pero lo que sigue maravillando es la vivacidad y veracidad de vuestra relación con vuestro escudero, el resaltar de vuestras personas.
Y más cuando recupera el asno Sancho al cruzarse con el ladrón Ginés de Pasamonte, mostrando toda la ternura que destila de las personas ya desembarazadas de afeites y mascarillas: ¿Cómo has estado, bien mío, rucio de mis ojos, compañero mío? Y con esto le besaba y acariciaba como si fuera persona: el asno callaba y se dejaba besar…sin responderle palabra. Va de suyo Señor Don Quijote que vuestro autor es eximio en la composición y quizás descubre en vos la ternura que su mundo y aún el nuestro niegan, desconociendo la persona como tal. Bueno desconocer significa dejar de conocer lo que en el rostro de Dios vemos en Jesucristo, que tenemos en nuestras entrañas dibujado, como dijo un carmelita muy cercano en tiempos a los vuestros.
Hay hombres desnudos de vicios, de impulsos naturales (¡oh prodigio!) de culturas epocales donde se ve lo sustancial y real: LA PERSONA QUE ES COMO IMAGEN Y SEMEJANZA.
No le era desconocida al autor vuestro tal literatura del comienzo del libro de los libros.
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